El psicólogo Carlos Pajuelo diferencia ocho tipos de suspendedores por las estrategias que adoptan para salir del paso en el momento de abordar el fracaso de sus notas. Dice que a menudo combinan o eligen un papel u otro según las circunstancias. “Los padres no debemos entrar en su juego, sino manejar nuestras cartas, y la primera es poner negro sobre blanco y, te cuente lo que te cuente, dejarle claro que ha suspendido porque no ha estudiado lo suficiente y de él depende cambiar la situación”, enfatiza.

EL SOBRADO

Es el que presenta un boletín de notas con seis suspensos y es capaz de decir a sus irritados padres “¡Cómo os ponéis por nada, si las voy a recuperar!”. Y trata de convencerles de que los suspensos no son tales, obedecen a pequeños fallos y no son un problema. El problema, dice Pajuelo, es que se creen sus propias mentiras, no reconocen sus limitaciones y no saben qué cambiar para mejorar. Aconseja dejar claro que no se les va a creer y contrastar su información. 

EL REALISTA

Es el que no busca justificaciones de ningún tipo y admite que no ha estudiado lo suficiente. Conviene reforzarle esa sinceridad pero sin que ello le exima de las consecuencias de sus actos ni de concretar qué va a hacer para afrontar la situación.

EL INDIGNADO

Anticipa los resultados negativos que va a tener y critica al sistema educativo, a los profesores, a los compañeros o incluso a los propios padres con tal de no asumir su responsabilidad en el suspenso que atribuye a la mala suerte. 

EL CALIMERO

Rehuye el momento de afrontar el tema con los padres, les dice que le agobian, que sólo se preocupan por sus notas y responde a los suspensos con una descontrolada carga emocional, con frases como “la vida es un asco, prefiero estar muerto” para diluir su falta de compromiso. Los padres, en vez de asustarse, deben insistir en que asuma las consecuencias.

EL LASTIMERO

Es una variante del calimero que achaca los suspensos a su “inutilidad” y hace penitencia a diestro y siniestro com frases como “no sirvo para nada”, “os he decepcionado, entenderé que me castiguéis”, “mejor estaría muerto”, En esta situación, dice Pajuelo, la mejor receta para los padres es hacerse los sordos.

EL DESORDENADO

Es desorganizado para estudiar y transmitir lo aprendido, se le identifica porque un una máquina de dejarlo todo por el medio, porque todo lo empieza pero no lo acaba. Estos estudiantes necesitan ayuda para aprender a gestionar el tiempo, para jerarquizar tareas y preparar todos los materiales antes de ponerse a estudiar. 

EL PASIVO

Actúa como si fuera de escayola, no se inmuta ante los sermones ni ante los castigos ni ante las preguntas de los padres. Se encierra en su habitación y apenas se comunica con los padres ni muestra interés por los estudios., y pierde el tiempo. Conviene hacer un seguimiento de su trabajo y marcarle el camino ante su falta de iniciativa.

EL REPETIDOR

Es el que tiene un panorama más sombrío y más posibilidades de quedarse rezagado porque no suelen vivir el hecho de repetir como una oportunidad de cambio sino como la constatación de que lo suyo es difícil de cambiar. Los padres deben evitar dramatizar, no tirar la toalla, valorar su esfuerzo y coordinarse con los profesores.

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